Seducidos por los Botos, los “Encantados” del Amazonas.
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Es muy difícil resistirse a un "encantado"
En lo más profundo de la selva amazónica la noche nunca ha sido mejor. El son placentero de los tambores tribales aún resuena en tus oídos y acabas de conocer a una persona encantadora. Tiene un aire algo raro, con su sombrero negro y ese color tan rosáceo de su piel, pero su sonrisa seductora despeja tus dudas iniciales y aceptas su propuesta: le acompañarás a la ciudad sumergida llamada “Encante“. Cuentan los chamanes del Amazonas que los botos (delfines fluviales) son auténticos maestros de la metamorfosis, que salen del río por la noche a seducir a los viajeros para llevarles a mundos mágicos bajo las aguas turbias del gran río. Es muy difícil resistirse a un “encantado“.
Afortunadamente, no es necesario abandonarse al hechizo para dejarnos enamorar por los botos. Se pueden observar en su medio natural, y el mundo cotidiano de los delfines fluviales de Amazonas (Inia geoffrensis) es el siguiente.
Avistando delfines amazónicos.
El agua inunda la selva amazónica en la estación de lluvias. Troncos enormes y musculosos, sumergidos hasta la cintura, marcan dónde estaba la orilla antes de que la desdibujasen las persistentes lluvias. De día, agua hasta donde abarca la mirada, en todas las direcciones. De noche, una cacofonía de sonidos, chillidos, silbidos, cánticos y gritos. Si uno afina el oído, percibirá un sutil “Chaaaahhhh” proveniente de las copas de los árboles sumergidos. Son los silbidos de los botos, en plena vorágine de caza. Los peces están escondidos entre las ramas, aprovechando la protección que éstas les confieren y alimentándose del superávit de materia orgánica hasta hace poco inalcanzable. Siguiendo a sus presas los botos se mueven entre las copas inundadas de los árboles con elegancia y destreza innatas. Hay que pararse y esperar. Los Encantados vendrán.
De repente emergen dos cabezas con frentes bulbosos y muy definidos. Sus finos y dentados picos son inusualmente largos para un delfín, pero perfectos para sacar a sus presas de entre las ramas sumergidas, o para buscar crustáceos removiendo el barro del fondo. Poseen una joroba en lugar de aleta dorsal. Su delicada piel es normalmente de color gris, pero algunas veces se torna blanca y otras de un rosa imposible. Su aspecto se nos antoja caprichoso en comparación con un delfín marino, pero las diferencias no se acaban en lo exterior. La vértebra del cuello de los botos no está fusionada, lo cual les permite un ángulo del giro de cuello de hasta 90º en cada dirección, dotándoles de una flexibilidad inaudita en el mundo de los cetáceos, algo muy útil para cazar peces en los laberintos de la selva inundada.
Las hembras se adentran mucho más en los canales fluviales del bosque sumergido, quizá para buscar un refugio temporal frente a los modales agresivos de los machos. El fuerte color rosa de algunos machos se corresponde al tejido cicatricial, según la teoría prevaleciente. Al bajar las aguas del río, los botos vuelven al cauce principal, siendo esto el pistoletazo de salida que marca el comienzo de su temporada de apareamiento. Y, curiosamente, los machos con más éxito son precisamente los de color rosa. Se forma un pequeño grupo familiar, de 5 a 8 ejemplares, liderado por un macho dominante y así navegan las aguas bajas hasta la siguiente temporada de lluvias. Al crecer el río, vuelven a separarse y adentrarse individualmente o en parejas en la subacuática maraña verde.
En diciembre de 2006 sucumbió la primera de las cinco especies de delfines fluviales, el “Baiji” del río Yangtze en China. Fue proclamado virtualmente extinto, vencido por la polución, la caza furtiva, los embalses, los motores de hélice y la sobre-pesca. Los Botos también están en peligro, aunque su situación es algo mejor, no solamente por ser los más inteligentes de los delfines de agua dulce. Se estima que quedan unos 100.000 en la cuenca del Amazonas, siendo una de las especies protegidas. No obstante, el único depredador de los botos somos nosotros, los humanos. Los pescadores les matan para no competir por los peces y como cebo para los bagres. Además, su hábitat está desapareciendo a un ritmo absolutamente enloquecido (se estima que una quinta parte de la selva ya ha sido talada) y, por si fuera poco, su capacidad reproductora se ve afectada por el incremento de mercurio en el agua de Amazonas y sus tributarios.
Creemos que avistar a los botos es una de esas experiencias que nos dejan cambiados de por vida. Por eso la hemos incluido en dos de nuestras sugerencias de viaje para cruceros fluviales por el Amazonas: Lo Peix (Ecoturismo fluvial en el Amazonas) y Amazon Clipper Cruises. Esperamos que sigáis nuestro consejo y os dejéis seducir por los “Encantados” del Amazonas.
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